Franco Martínez Levis vende insumos para el campo hechos con microorganismos de los salares de la Puna. Viven a más de cuatro mil metros de altura, con poca agua y escasos nutrientes. Durante años, tres científicas del CONICET estudiaron cómo lograban sobrevivir allí. Hoy, algunos de esos microorganismos se aplican a semillas de soja, trigo y algodón.
Las investigadoras son María Eugenia Farías, Elisa Violeta Bertini y Carolina Belfiore. Llevaban más de veinte años trabajando cuando se asociaron con Martínez Levis para fundar Puna Bio. Él venía de la consultoría y las startups, había cursado un MBA en Wharton y se ocupó de convertir esos hallazgos en un negocio.
La empresa nació en Tucumán en 2020. Desde entonces consiguió más de diez millones de dólares de inversión privada, con el respaldo de Corteva Agriscience y la Fundación Gates, entre otros inversores. Su facturación anual superó el millón de dólares y ahora busca triplicar las ventas.
Llegar a ese punto llevó trabajo. Además de funcionar en el laboratorio, los microorganismos tienen que resistir el almacenamiento, sobrevivir al traslado y llegar vivos a la semilla. Después deben dar resultados en el campo. Y al productor le tiene que cerrar la cuenta.
Veinte años antes del primer cliente
Farías, Bertini y Belfiore querían entender cómo crecían las plantas de la Puna en suelos salinos, con tan poca agua y bajo una intensa radiación ultravioleta. Encontraron que algunos microorganismos las ayudaban a soportar esas condiciones y a aprovechar los nutrientes disponibles.
De ahí surgió una pregunta con aplicación agrícola: ¿podían hacer algo parecido por la soja, el trigo u otros cultivos cuando les faltaba agua o nutrientes?
Martínez Levis se sumó para trabajar en esa posibilidad. La asociación tomó forma con la participación de GRIDX, un fondo especializado en biotecnología que intervino en la creación de la empresa.
Cuando cuenta el origen, suele detenerse en los tiempos. Puna Bio empezó en 2020, pero buena parte de la investigación venía de mucho antes. Al comenzar la búsqueda de clientes e inversores, las científicas ya habían dedicado dos décadas a conocer esos ambientes y sus microorganismos.
Qué hay dentro del bidón
El trabajo empieza con muestras de plantas y suelos de la Puna. En el laboratorio se separan los microorganismos y se estudia qué podría aportar cada uno a un cultivo.
Martínez Levis explica que en un granito de suelo conviven miles de bacterias y hongos. Hay que elegir cuáles seguir estudiando y comprobar si lo que prometen en las primeras pruebas se sostiene después. Los candidatos pasan del laboratorio al invernadero y, más adelante, al campo.
Con el microorganismo elegido, todavía falta resolver cómo producirlo en cantidad y conservarlo. Martínez Levis describe la fórmula como un jugo muy concentrado de microorganismos. Se aplica sobre las semillas junto con los tratamientos habituales, de modo que el productor pueda incorporarlo sin modificar demasiado su forma de trabajar.
Según los datos de Puna Bio, la empresa tiene unas cincuenta personas. Treinta y cinco trabajan en ciencia y dieciocho tienen doctorado. La empresa conserva más de dos mil quinientas cepas para sus investigaciones. Además, lleva realizadas más de seiscientas pruebas en el campo, con la participación del INTA y de especialistas independientes.
Cuando sube la urea
La suba de la urea le dio una oportunidad a Kanzama, el producto de Puna Bio para trigo y cebada. Con los fertilizantes más caros, cualquier mejora en el aprovechamiento del nitrógeno merece atención.
La empresa sostiene que Kanzama aporta, mediante fijación biológica, el equivalente a unos treinta y seis kilos de nitrógeno por hectárea. Martínez Levis también destaca que el microorganismo puede aprovechar distintas fuentes de ese nutriente.
Puede fijar nitrógeno del aire, ayudar a volver disponible el que ya está en el suelo e intervenir en el aprovechamiento de la urea aplicada. Martínez Levis explica que disponer de esas alternativas reduce la dependencia de un proceso que demanda mucha energía: tomar el nitrógeno del aire. Disponer de otras vías le permite recurrir a distintos mecanismos durante el ciclo del cultivo.
Para el productor, la explicación debe reflejarse en los números. Puna Bio calcula un retorno de entre seis y diez veces el costo del producto. Son estimaciones de la compañía, sujetas a las condiciones de los ensayos y de cada campo.
Tres años y medio de pruebas
Kunza, el bioestimulante para soja, algodón y poroto, ya se probó en más de trescientas mil hectáreas, según Puna Bio.
Desarrollar su primer biofungicida les llevó tres años y medio. El equipo evaluó cincuenta tricodermas antes de quedarse con una, que luego puso a prueba frente a quince patógenos. La empresa afirma que obtuvo resultados similares o mejores que los tratamientos químicos de referencia contra las enfermedades conocidas como damping off.
Durante ese tiempo hubo que pagar sueldos, hacer ensayos y descartar microorganismos que no daban el resultado esperado. Elegir uno tampoco significaba tener el producto listo: quedaba desarrollar una fórmula que pudiera fabricarse, conservarse y venderse.
En una empresa de este tipo, esos gastos llegan mucho antes que los ingresos del lanzamiento.
Corteva y la Fundación Gates
Corteva Agriscience encabezó la ronda Serie A, en la que la Fundación Gates participó como inversora minoritaria. El monto de su aporte no se informó. Puna Bio también recibió apoyo de la Fundación Bayer y una distinción de Falling Walls Foundation en 2024.
Ese financiamiento permite sostener los desarrollos y avanzar en otros países. Para vender afuera hay que afrontar registros, pruebas y acuerdos de distribución, con sus respectivos plazos y costos.
La compañía informó actividad en Estados Unidos, Brasil y Paraguay. También tiene planes para llegar a Europa, Australia y África mediante alianzas.
El programa con la Fundación Gates está dirigido a pequeños productores y a la agricultura familiar en África. Allí, el trabajo incluye conseguir que el producto sea accesible y pueda utilizarse en establecimientos con menos recursos.
Una semilla que ya llegue tratada
Martínez Levis busca que las semilleras entreguen la semilla con el producto incorporado. Así, el productor evitaría tener que aplicarlo antes de sembrar.
Puna Bio trabaja en esa opción. Para ofrecerla debe comprobar que los microorganismos se mantengan vivos y conserven su eficacia durante el almacenamiento de la semilla.
Al mismo tiempo, amplía el laboratorio de Tucumán y prepara una instalación más pequeña en Estados Unidos. La empresa proyectaba tratar entre trescientas mil y cuatrocientas mil hectáreas en una campaña y duplicar esa superficie en la siguiente.
El aumento de las ventas exige fabricar más y entregar a tiempo, pero también seguir de cerca lo que ocurre después de la aplicación. Que un productor pruebe el producto es un primer paso. Que vuelva a comprarlo depende del resultado.