Cristiano Amon

Cristiano Amon, presidente y CEO de Qualcomm, impulsa la expansión de la compañía desde los teléfonos hacia agentes de inteligencia artificial, nuevos dispositivos y centros de datos.
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El CEO de Qualcomm le dice a su equipo que están en el negocio de los gladiadores. No es una metáfora motivacional: es una descripción de las probabilidades.

Amon lo explica como una pelea que nunca termina. Entrás a la arena y pueden pasar tres cosas: ganás, perdés o terminan perdiendo los dos. Y si ganás, tampoco dura demasiado: apenas te da derecho a volver a competir al día siguiente.

Lleva casi cinco años al frente de una de las mayores compañías de semiconductores del mundo y sabe lo rápido que puede cambiar todo. En esa industria nacieron algunas de las empresas más valiosas de la historia, pero también gigantes que parecían intocables y terminaron desapareciendo. Para Amon, lo que funciona hoy no garantiza nada mañana.

Tres años en una empresa quebrada

Hay un episodio de su carrera que ayuda a entenderlo.

En los noventa, Amon dejó Qualcomm para ponerse al frente, en Brasil, de una empresa al borde de la quiebra en la que Qualcomm tenía una participación minoritaria. Lo hizo porque sentía que le faltaba una experiencia: ya sabía lo que era hacer crecer un negocio y manejar uno estable, pero nunca había atravesado una crisis de verdad.

Dice que esos tres años le enseñaron lo que en otro contexto habría tardado una década en aprender. Cuando una empresa está contra las cuerdas, explica, las prioridades se vuelven mucho más concretas: pagar los sueldos, los impuestos y lograr que el negocio siga abierto.

Amon cree que el centro de gravedad está cambiando. Durante los últimos quince años, casi todo giró alrededor del teléfono. El reloj inteligente, por ejemplo, servía sobre todo para extenderlo: enviaba datos de sensores y recibía notificaciones. Por eso tenía sentido que la misma empresa que hacía el teléfono terminara fabricando también buena parte de los accesorios.

Ahora cree que ese centro va a pasar al agente. El teléfono no desaparece —lo aclara seguido, y también le conviene hacerlo—, pero deja de ordenar todo lo demás.

Eso cambia bastante la lógica del mercado. Cuando el teléfono manda, una misma empresa suele controlar el dispositivo y buena parte de lo que lo rodea. Con el agente en el centro, los aparatos pueden quedar conectados entre sí sin depender tanto de un único fabricante. Y ahí aparece espacio para empresas que hasta ahora ni siquiera hacían electrónica.

Amon está convencido de que este es el año en que los agentes empiezan a ocupar el centro. Y se anima a ponerle fecha: dice que antes del verano boreal todos los grandes sistemas operativos van a haber anunciado algún tipo de orquestador.

Lo resume de una forma simple: los agentes van a ocupar el lugar de las aplicaciones y los orquestadores, el de las tiendas de apps.

Lo explica con el ejemplo de una app bancaria. Hoy alguien decide de antemano qué va a ver el usuario, en qué orden, con qué colores y qué información aparece primero. Amon cree que eso puede cambiar. Si un agente tiene acceso a tus credenciales, podés pedirle el saldo, los últimos tres movimientos o un gráfico y, si no te gusta cómo quedó, pedirle que lo cambie. La aplicación deja de venir cerrada y empieza a armarse según lo que necesitás en ese momento.

También imagina el próximo teléfono con dos formas de uso: sigue siendo el aparato que manejás vos, pero al mismo tiempo puede quedar en manos de un agente que hace cosas por vos.

Anteojos

Entre todas las categorías nuevas, hay una por la que Amon apuesta sin demasiadas dudas: los anteojos. Dice que ocupan un lugar privilegiado porque están junto a los ojos, los oídos y la boca, y además ven lo mismo que vos cuando movés la cabeza.

Hoy se venden decenas de millones por año. Cree que en pocos años podrían ser cientos de millones. Para ponerlo en perspectiva, de teléfonos se venden unos 1.200 millones anuales.

El resto todavía no tiene una forma definida. Menciona cuarenta diseños distintos en los que Qualcomm trabaja: colgantes, prendedores, relojes, auriculares con cámara y hasta algo parecido a un despertador con el que se puede conversar. Sobre el prendedor que fracasó hace un par de años, su explicación es de timing: llegó antes de los agentes y, sin algo capaz de ejecutar tareas por vos, no pasaba de ser una cámara con micrófono.

Amon cree que hay otro punto al que todavía no se le presta suficiente atención. Los modelos actuales aprendieron de todo lo que la humanidad fue digitalizando: libros, correos, páginas web, publicaciones. Pero si millones de personas empiezan a usar anteojos capaces de ver lo mismo que ellas, la cantidad de información disponible puede multiplicarse enormemente.

Para Amon, ahí está buena parte del interés de las empresas de IA por controlar los dispositivos: más que el aparato, importan los datos que puede generar.

Lo que no contesta

Conviene marcar dónde la conversación se pone incómoda.

El periodista le preguntó dos veces por privacidad, y la segunda fue directa: describís un mundo donde todos grabamos todo el tiempo, ¿eso no te preocupa?

Amon no respondió esa pregunta. Habló de una tecnología incipiente, de que habrá mucha regulación, de que se necesitará permiso del usuario y de que la adopción irá caso por caso.

Antes había dado una razón más comercial: si un dispositivo va a ver y escuchar buena parte de lo que hacés, probablemente quieras que lo fabrique una empresa en la que confíes. Es el argumento esperable de alguien que vende justamente ese tipo de tecnología.

Memoria

El problema del presente, en cambio, lo admite sin vueltas. Cuando le preguntaron por los problemas de abastecimiento, Amon arrancó con una broma que resume bastante bien la situación: “Si tenés memoria, te la compro”.

Dice que la capacidad instalada simplemente no alcanza para la demanda actual. Mientras buena parte de la industria cree que la situación recién se va a normalizar en 2028, él apuesta a la segunda mitad de 2027.

Y de ahí saca otra conclusión: los dispositivos que usamos hoy no fueron pensados para lo que viene. Por eso Qualcomm está revisando prácticamente toda su hoja de ruta.

Hay además un detalle técnico con consecuencias de negocio: los orquestadores corren en el procesador central, no en las unidades gráficas. Después de años en los que toda la atención estuvo puesta en las GPU, eso vuelve a darle protagonismo al CPU.

Uno en Estados Unidos, uno en China

La otra gran apuesta es el centro de datos, y ahí Qualcomm entra tarde y de frente contra Nvidia.

Amon lo admite sin demasiadas vueltas: si pudiera volver atrás, habría arrancado con este plan varios años antes. En ese momento tenía otras prioridades y Qualcomm todavía no contaba con todo lo que necesitaba. Ahora quiere ofrecer el paquete completo, desde el silicio hasta el software, pero sin cerrar el ecosistema.

Para eso compró Modular. Su objetivo, dice, es generar algo parecido a lo que Android hizo en los teléfonos: una alternativa abierta frente a un ecosistema cerrado.

Sobre los clientes, dio algunos nombres y dejó otros a medias. Mencionó a Meta para procesadores centrales, a Microsoft para una tecnología de cómputo que evita usar memoria de alto ancho de banda y a dos grandes proveedores de nube que no quiso identificar: uno de Estados Unidos y otro de China.

Ese último punto lo lleva a un terreno más delicado. Amon acompañó a Donald Trump en su reunión con Xi Jinping y sostiene que mantener el comercio con China también ayuda a dar estabilidad.

Su argumento es bastante simple, aunque está formulado para llevar la discusión hacia donde él quiere: ¿conviene que la tecnología estadounidense se quede en Estados Unidos o que se venda en todo el mundo? Cuando el periodista le marcó que la pregunta ya daba por sentada la respuesta, Amon dijo que para él la cuenta pasa por el tamaño del mercado.

Cinco años, dos escaseces

Hay un paralelo que Amon no menciona, pero que ayuda a leer estos cinco años.

Llegó a CEO en 2021, en plena escasez mundial de chips, cuando Qualcomm venía además de una pelea judicial y de resistir un intento de compra hostil. En ese contexto tomó una decisión arriesgada: adelantar dos años la transición al 5G, justo cuando conseguir chips era más difícil que nunca.

Cinco años después vuelve a estar frente a una escasez, ahora de memoria, y otra vez responde acelerando: nueva línea de negocio, hoja de ruta rehecha y entrada a un mercado donde el rival lleva años de ventaja.

Es bastante coherente con alguien que dice que su trabajo consiste, una y otra vez, en volver a meterse en la arena.

Brian Chesky

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