Cristiano Amon

Cristiano Amon, CEO de Qualcomm
Cristiano Amon, presidente y CEO de Qualcomm, impulsa la expansión de la compañía desde los teléfonos hacia agentes de inteligencia artificial, nuevos dispositivos y centros de datos.
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Cristiano Amon lleva casi cinco años al frente de Qualcomm, una de las compañías que ayudaron a definir la era del teléfono inteligente y uno de los mayores actores de la industria mundial de semiconductores. Llegó al cargo de CEO en 2021, en plena escasez global de chips, y desde entonces tuvo que conducir a la empresa mientras el negocio que la hizo gigante empezaba a cambiar de forma.

Ahora está convencido de que viene otra transformación todavía más profunda. Durante quince años, el teléfono fue el centro alrededor del cual se ordenaron dispositivos, aplicaciones y servicios. Amon cree que ese lugar va a pasar a los agentes de inteligencia artificial. Y está moviendo a Qualcomm en consecuencia: anteojos inteligentes, nuevos dispositivos personales, procesadores para centros de datos y una entrada directa a mercados donde Nvidia lleva años de ventaja.

No es una apuesta que haga desde la comodidad. Su forma de entender la industria viene de haber visto crecer negocios, administrar otros estables y también pasar tres años al frente de una empresa al borde de la quiebra. Quizás por eso les dice a sus equipos que están en el negocio de los gladiadores.

No es una metáfora motivacional: es una descripción de las probabilidades.

Amon imagina la industria como una pelea que nunca termina. Entrás a la arena y pueden pasar tres cosas: ganás, perdés o terminan perdiendo los dos. Y si ganás, tampoco dura demasiado: apenas te da derecho a volver a competir al día siguiente.

En una industria que produjo algunas de las empresas más valiosas de la historia, pero también vio desaparecer gigantes que parecían intocables, esa idea funciona como una regla. Para Amon, que algo funcione hoy no garantiza absolutamente nada mañana.

Tres años en una empresa quebrada

Hay un episodio de su carrera que ayuda a entender esa forma de pensar.

En los noventa, Amon dejó Qualcomm para ponerse al frente, en Brasil, de una empresa al borde de la quiebra en la que Qualcomm tenía una participación minoritaria. Lo hizo porque sentía que le faltaba una experiencia: ya sabía cómo hacer crecer un negocio y cómo administrar uno estable, pero nunca había atravesado una crisis de verdad.

Dice que esos tres años le enseñaron lo que, en otra situación, habría tardado una década en aprender. Cuando una empresa está contra las cuerdas, las prioridades dejan de ser abstractas: hay que pagar los sueldos, los impuestos y conseguir que el negocio siga abierto.

Esa experiencia también explica parte de su manera de mirar los cambios tecnológicos actuales. Y el que hoy más le importa tiene que ver con dónde va a estar el centro de la computación.

Del teléfono al agente

Durante los últimos quince años, casi todo giró alrededor del teléfono. Un reloj inteligente, por ejemplo, funcionaba principalmente como una extensión del celular: enviaba datos de sensores, recibía notificaciones y dependía de él para buena parte de sus funciones. Por eso tenía sentido que una misma empresa fabricara el teléfono y terminara controlando también buena parte de los dispositivos que lo rodeaban.

Amon cree que ese centro ahora va a pasar al agente.

El teléfono no desaparece —lo aclara seguido, y también le conviene hacerlo—, pero deja de ordenar todo lo demás.

Eso cambia bastante la lógica del mercado. Cuando el teléfono ocupa el centro, una misma empresa puede controlar el dispositivo, el sistema operativo y buena parte de su ecosistema. Si el centro pasa a ser un agente capaz de actuar entre distintos aparatos, esa dependencia puede reducirse. Y ahí aparece espacio para compañías que hasta ahora ni siquiera fabricaban electrónica.

Amon está convencido de que 2026 será el año en que los agentes empiecen a ocupar ese lugar. Incluso se anima a ponerle una fecha: antes del verano boreal, dice, todos los grandes sistemas operativos habrán anunciado algún tipo de orquestador.

Lo resume de una manera simple: los agentes van a ocupar el lugar que hoy tienen las aplicaciones y los orquestadores, el que ocupan las tiendas de apps.

Usa como ejemplo una aplicación bancaria. Hoy alguien decide de antemano qué va a ver el usuario, en qué orden aparecerán los datos, qué colores tendrá la interfaz y qué información se mostrará primero. Amon cree que esa lógica puede desaparecer.

Si un agente tiene acceso autorizado a tus credenciales, podrías pedirle que te muestre el saldo, los últimos tres movimientos o un gráfico con tus gastos. Y, si no te gusta cómo lo presentó, pedirle que lo cambie. La aplicación deja de llegar cerrada y empieza a construirse según lo que necesitás en ese momento.

También imagina al próximo teléfono funcionando de dos maneras al mismo tiempo: seguirá siendo el aparato que manejás directamente, pero también podrá quedar temporalmente en manos de un agente que ejecute tareas por vos.

Anteojos

Entre todas las nuevas categorías de dispositivos, hay una por la que Amon apuesta con pocas dudas: los anteojos.

Cree que tienen una posición privilegiada porque están junto a los ojos, los oídos y la boca y, además, pueden ver lo mismo que una persona mientras mueve la cabeza. Hoy se venden decenas de millones de anteojos por año. Amon cree que, dentro de pocos años, podrían venderse cientos de millones. Para ponerlo en perspectiva, el mercado mundial de teléfonos ronda los 1.200 millones de unidades anuales.

Fuera de los anteojos, todavía no está claro qué otros formatos van a imponerse. Qualcomm trabaja con alrededor de cuarenta diseños distintos: colgantes, prendedores, relojes, auriculares con cámara y hasta dispositivos parecidos a un despertador con los que se puede conversar.

También habló de los prendedores con inteligencia artificial que aparecieron hace algunos años y terminaron fracasando. Para Amon, el problema fue principalmente de cronología: llegaron antes de que existieran agentes capaces de hacer cosas útiles con toda la información que recolectaban. Sin eso, eran poco más que una cámara y un micrófono.

Pero hay otro aspecto que considera todavía más importante.

Los modelos actuales fueron entrenados con buena parte de lo que la humanidad ya digitalizó: libros, páginas web, correos, imágenes, videos y publicaciones. Si millones de personas empiezan a utilizar anteojos capaces de registrar una parte del mundo que ven, la cantidad de información disponible podría multiplicarse enormemente.

Para Amon, ahí está buena parte del interés de las empresas de inteligencia artificial por controlar los dispositivos. Más que el aparato en sí, importa la información que puede generar.

Lo que no contesta

Ahí aparece también una de las zonas más incómodas de su argumento.

Durante la conversación le preguntaron dos veces por privacidad. La segunda pregunta fue directa: si imaginaba un mundo en el que millones de personas llevarían dispositivos capaces de ver y escuchar constantemente, ¿eso no le preocupaba?

Amon no respondió directamente.

Habló de una tecnología todavía incipiente, de la regulación que probablemente aparezca, de la necesidad de obtener autorización del usuario y de una adopción que avanzará caso por caso.

Antes había ofrecido una explicación más comercial: si un dispositivo va a ver y escuchar buena parte de lo que hacés, probablemente quieras que lo fabrique una empresa en la que confíes.

Es también el argumento esperable de alguien cuyo negocio depende de que ese tipo de dispositivos termine existiendo.

Memoria

Con la escasez de memoria, en cambio, Amon es mucho más directo.

Cuando le preguntaron por los problemas de abastecimiento, respondió con una broma que resume bastante bien la situación: “si tenés memoria, te la compro”.

Su diagnóstico es que la capacidad instalada simplemente no alcanza para cubrir la demanda actual. Mientras buena parte de la industria calcula que la situación recién podría normalizarse en 2028, Amon apuesta a que eso ocurra durante la segunda mitad de 2027.

Para él, esa escasez también expone un problema más profundo: muchos de los dispositivos actuales no fueron diseñados para las cargas de trabajo que vienen. Por eso Qualcomm está revisando prácticamente toda su hoja de ruta.

Hay además un detalle técnico con consecuencias de negocio. Los orquestadores funcionan principalmente sobre el procesador central, no sobre las unidades gráficas. Después de varios años en los que casi toda la atención de la industria estuvo concentrada en las GPU, eso podría devolver parte del protagonismo al CPU.

Y Qualcomm fabrica justamente ese tipo de procesadores.

Uno en Estados Unidos, uno en China

La otra gran apuesta de Amon está en los centros de datos. Y ahí Qualcomm entra tarde y de frente contra Nvidia.

Él mismo admite que, si pudiera volver atrás, habría empezado este plan varios años antes. En aquel momento tenía otras prioridades y Qualcomm todavía no contaba con todas las piezas necesarias.

Ahora quiere ofrecer un paquete completo, desde el silicio hasta el software, pero sin cerrar el ecosistema. Para reforzar esa estrategia compró Modular. Su objetivo, dice, es construir algo parecido a lo que Android representó para los teléfonos: una alternativa abierta frente a un ecosistema cerrado.

Sobre los primeros clientes, identificó a algunos y mantuvo otros en reserva. Mencionó a Meta para procesadores centrales, a Microsoft para una tecnología de cómputo que evita utilizar memoria de alto ancho de banda y a dos grandes proveedores de nube cuyos nombres no quiso revelar: uno de Estados Unidos y otro de China.

La mención de un cliente chino abre un tema más delicado: la relación tecnológica entre Estados Unidos y China.

Amon acompañó a Donald Trump durante su reunión con Xi Jinping y sostiene que mantener el comercio entre ambos países también ayuda a generar estabilidad.

Frente a las restricciones estadounidenses sobre la venta de tecnología a China, lleva la discusión hacia una pregunta más amplia: ¿conviene que la tecnología desarrollada por empresas estadounidenses se quede dentro de Estados Unidos o que se venda en todo el mundo?

Cuando el periodista le señaló que la pregunta estaba formulada de una manera que prácticamente daba por sentada la respuesta, Amon volvió al argumento que considera central: el tamaño del mercado.

Cinco años, dos escaseces

Hay un paralelo que Amon no plantea explícitamente, pero que ayuda a leer sus cinco años al frente de Qualcomm.

Llegó a CEO en 2021, en plena escasez mundial de chips. Qualcomm venía además de una larga pelea judicial y de haber resistido un intento de adquisición hostil.

En ese contexto tomó una decisión arriesgada: adelantar dos años la transición al 5G justo cuando conseguir semiconductores era más difícil que nunca.

Cinco años después vuelve a enfrentarse a una escasez, esta vez de memoria, y vuelve a responder acelerando: una nueva línea de negocio, una hoja de ruta prácticamente rehecha y la entrada en un mercado donde su principal rival lleva años de ventaja.

Es bastante coherente con alguien que entiende su trabajo de una sola manera: entrar a la arena, competir y, si gana, prepararse para hacerlo otra vez al día siguiente.

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