Anders Opedal

Anders Opedal dirige Equinor desde 2020 y encabeza una estrategia que combina petróleo y gas, energías renovables, captura de carbono y desarrollo tecnológico.
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El 16 de junio de 2026, Equinor presentó su estrategia hasta 2030 y el mensaje no admitía demasiadas lecturas.

Más petróleo. Más gas. Producción creciendo 150.000 barriles equivalentes por día hasta llegar a 2,3 millones diarios. Recompra de acciones duplicada a 3.000 millones de dólares. Dividendo subiendo más de 5% por año.

El mercado lo recibió bien. La compañía lleva 25 años cotizando y acumula un retorno total para el accionista cercano al 1.800%.

Para quienes venían siguiendo a Equinor desde otro ángulo, el anuncio decía otra cosa.

Cinco años antes, la empresa se había puesto como meta llegar a 2030 con entre 10 y 12 gigavatios de renovables. Hoy tiene seis en desarrollo y alrededor del 90% de su inversión de capital propio va a petróleo y gas.

El mismo documento podía leerse como disciplina financiera o como retirada.

En el medio está Anders Opedal.

Tiene el cargo desde noviembre de 2020, lleva 29 años dentro de la compañía y no estudió ingeniería petrolera.

Estudió acústica.

El ingeniero que quería trabajar con ecografías

Opedal vive en Stavanger, la capital petrolera noruega, y entró a Equinor en 1997 como ingeniero.

Su formación fue acústica y procesamiento de señales. Hidroacústica, geoacústica. Durante un tiempo pensó que iba a dedicarse a la acústica médica, ultrasonido, ese tipo de cosas.

Terminó en el petróleo porque la geoacústica lo llevó ahí.

La empresa que dirige hoy es propiedad del Estado noruego en un 67%, cotiza en Oslo y en Nueva York, tiene unas 24.000 personas —18.000 de ellas en Noruega— y produce alrededor de 2,1 millones de barriles equivalentes por día, mitad petróleo y mitad gas.

Noruega produce unos 120.000 millones de metros cúbicos de gas al año, cerca de un tercio de la demanda europea. Equinor aporta 40.000 millones de esos. Y entre 90% y 95% del crudo que extrae también va a Europa.

Eso la convierte en el mayor proveedor de energía del continente.

No siempre fue el titular principal.

Las llamadas del otoño de 2021

Antes de la invasión rusa a Ucrania, Europa se abastecía de Rusia en alrededor del 40% de su gas.

En el otoño de 2021, Rusia empezó a estrangular ese suministro de manera gradual. Opedal cuenta que al principio fue un rompecabezas: desde Equinor solo veían números de producción e importación, y los depósitos europeos no se llenaban como deberían en esa época del año.

No podían determinar si era un problema operativo o una decisión.

Recién en febrero de 2022, con la guerra empezada, quedó claro.

Para entonces el teléfono ya sonaba. Desde Europa y el Reino Unido llamaban para pedir más gas noruego.

El problema es que no existe una perilla.

Opedal lo explica con una comparación que usa seguido: Equinor no es Arabia Saudita, no hay una válvula grande en el desierto que se abre y produce más. Los campos ya estaban produciendo al máximo.

Lo que hicieron fue poner a cientos de ingenieros y operarios a buscar mejoras pequeñas en todos lados. Muchos ajustes mínimos que, sumados, terminan siendo volúmenes considerables.

De esa época salió una conclusión que Opedal repite bastante. En 2020 y 2021, toda la conversación sobre energía giraba alrededor de la sostenibilidad y casi nadie mencionaba la seguridad del suministro ni la asequibilidad.

Cuando el gas ruso desapareció, esas dos palabras volvieron al centro de golpe.

Su lectura es que nadie sale ganando con eso. Equinor ganó más dinero y pagó mucho más impuesto, pero los precios altos se convirtieron en un problema de costo de vida. La conclusión que sacó fue buscar el equilibrio entre las tres variables: sostenibilidad, seguridad y precio.

Los expertos que se equivocaron durante veinte años

Hay un dato que Opedal usa cuando le preguntan por el futuro del Mar del Norte.

Las principales consultoras del sector vienen proyectando desde hace décadas una caída pronunciada de la producción noruega. La proyectaron una y otra vez.

La producción se mantuvo aproximadamente estable.

Su explicación es que esos modelos incorporan una tasa de declinación, pero no incorporan a los geólogos, los geofísicos, el desarrollo tecnológico ni las ideas nuevas sobre dónde buscar.

El método tiene dos partes.

La primera es exprimir los campos existentes. Perforar más pozos, inyectar gas alternando con agua, barrer el reservorio una y otra vez. Cada barrido saca un poco más.

La segunda es mirar alrededor. El petróleo migró hacia una trampa grande, que es el campo conocido, pero también migró hacia trampas más chicas en los alrededores.

En los últimos tres años y medio encontraron 45 yacimientos nuevos alrededor de campos existentes. Hoy tienen 65 proyectos aprobados o en camino de aprobarse surgidos de esa lógica.

Nueva sísmica, mejor tecnología de perforación, costos más bajos.

Cuando le preguntan si el Reino Unido podría hacer lo mismo en su parte del Mar del Norte, la respuesta es directa: la geología no cambia en una frontera. Varios campos históricos la cruzan.

Lo que cambia es otra cosa.

El 78%

Noruega le cobra a Equinor un impuesto total del 78% sobre la ganancia de la extracción de hidrocarburos: el impuesto corporativo normal más un impuesto especial sobre un recurso que se considera de toda la sociedad noruega.

No es un número bajo y Opedal no se queja de él.

Lo que defiende es otra cosa: la previsibilidad. Ese 78% viene siendo el mismo desde hace décadas, los gastos se deducen el mismo año en que se hacen y eso genera el incentivo a seguir invirtiendo.

Su argumento sobre por qué importa tiene que ver con los tiempos del negocio, y lo explica en una unidad de medida poco habitual: ciclos electorales.

La preparación de un proyecto ocupa aproximadamente un ciclo electoral. La ejecución, otro. Después hay que recuperar el dinero durante tres a cinco ciclos más.

Si el régimen impositivo cambia en el medio, la decisión que se tomó al principio ya no tiene sustento.

Es la diferencia que él ve entre el lado noruego y el británico, donde las condiciones cambiaron con cada gobierno entre exenciones, aceleraciones y gravámenes extraordinarios.

Equinor lleva décadas invirtiendo en el Reino Unido. Compró el campo Rosebank a Chevron, desarrolló Mariner y armó una sociedad con Shell que reúne los activos de ambos.

Cuando le preguntaron si esperaba un cambio de gobierno que le facilitara las cosas, contestó que nunca opina sobre qué gobierno debería ganar en ningún país.

Lo que pidió fue menos polarización. Su problema no es una política determinada. Es que cambie cada cuatro años.

De doce gigavatios a seis

La parte incómoda de la conversación llega cuando se habla de renovables.

En 2020, Equinor definió una meta de 10 a 12 gigavatios para 2030, concentrada en eólica marina. Era un número construido sobre un mercado donde el costo de la energía eólica bajaba año tras año.

Después pasó lo contrario.

La competencia por las licencias se volvió feroz. En la cuarta ronda británica, en una subasta alemana y en otra estadounidense, los precios de acceso subieron tanto que Equinor no le encontró valor y se quedó afuera.

Opedal señala algo sobre esa decisión que suena a reivindicación tardía: buena parte de lo que perdieron en esas rondas nunca se construyó. Los ganadores ofertaron 37 libras por megavatio hora y después no pudieron ejecutar a ese precio.

Mientras tanto, el costo total de los proyectos que sí tenían subió casi 50%, en buena medida por el precio de las turbinas.

Hoy tienen tres megaproyectos: Dogger Bank en el Reino Unido junto a SSE, Empire Wind frente a Nueva York y Bałtyk 2 y 3 en Polonia. Seis gigavatios en desarrollo.

Empire Wind fue frenado por la administración Trump apenas asumió y recién pudo continuar después de pasar por tribunales.

Opedal lo usa como ejemplo de su preocupación central. Cuando el debate energético se polariza, las compañías que invierten a veinte años son las que pagan el costo.

En el Capital Markets Day de junio de 2026, la compañía confirmó que alrededor del 10% de su inversión va a un negocio eléctrico integrado, con una producción que debería cuadruplicarse hasta superar los 20 teravatios hora en 2030.

El resto va a petróleo, gas, comercialización y capacidad digital.

Stop the Clock

El momento más tenso de sus apariciones públicas recientes no fue por los números.

Fue por el metano.

Equinor tiene emisiones de metano equivalentes a la décima parte del promedio de la industria. Opedal explica por qué sin ninguna épica: una fuga de metano es un riesgo de seguridad antes que un problema climático, el metano tiene que estar adentro de los caños, y la regulación noruega los obligó durante años a medir hasta las pérdidas más chicas.

Algunas plataformas, como Johan Sverdrup, funcionan con energía hidroeléctrica traída desde la costa, lo que reduce casi a cero las emisiones del proceso de extracción. Hay clientes europeos que pagan un sobreprecio por ese gas y verifican el dato con tecnología de registro distribuido.

El problema no es Equinor.

La Unión Europea prepara una regulación sobre emisiones de metano y el lobby de la industria petrolera está pidiendo postergarla. La consigna tiene nombre propio: Stop the Clock.

Cuando lo confrontaron con eso, Opedal no se escondió detrás del grupo. Dijo que están completamente a favor de reducir el metano y que el reparo es sobre cómo se mide.

Su ejemplo: la primera versión de la propuesta obligaba, en la práctica, a detener la plataforma continental noruega una vez por semana para poder medir.

Y ahí apareció otra vez el ingeniero. Sostuvo que no se puede escribir ese tipo de regulación desde Bruselas sin sentar a la industria en la mesa.

El entrevistador no se lo dejó pasar. Le marcó que hay una distancia grande entre decir que una propuesta técnica no funciona y pedir que se pare el reloj.

Opedal insistió en la colaboración. También admitió que le gustaría que el resto de la industria tuviera el mismo estándar que Equinor se impone a sí misma.

Los números le dan la razón al entrevistador. El quemado rutinario de gas, que la industria se comprometió a eliminar, aumentó cerca de 3% en el último año según el Banco Mundial.

Northern Lights y el precio que falta

Hay un negocio donde Equinor apostó temprano y todavía espera que el mercado aparezca.

La compañía lleva décadas capturando CO2 y almacenándolo bajo la plataforma continental noruega. Es una de las pocas empresas del mundo que puede decir eso con datos de operación real.

Sobre esa experiencia montó Northern Lights junto a Shell y TotalEnergies, con apoyo del gobierno noruego, que subsidió tanto la captura en una planta de cemento como el transporte y el almacenamiento. La segunda fase ya es comercial y lleva la inyección de 1,5 a 5 millones de toneladas anuales.

Suena mucho. En una industria que mide en gigatoneladas, no lo es.

Equinor tiene capacidad para almacenar 50 millones de toneladas por año. Los clientes que llamaban en 2021, 2022 y 2023 preguntando si podían estar listos para 2030 dejaron de llamar.

La explicación que da Opedal es de una sola variable. Para que el negocio cierre, la industria pesada tiene que ahorrarse en impuesto al carbono más de lo que le cuesta capturar y enviar el CO2. Ese precio, calcula, debería estar alrededor de los 200 euros por tonelada.

Hoy está bastante por debajo. Y en vez de subir, bajó un poco.

Hay una brecha de valor ahí, dice, que alguien tiene que cerrar.

Volver a escuchar el subsuelo

Cuando le preguntan qué tipo de coraje exige hoy el trabajo, Opedal no habla de visión.

Habla de aguantar.

Dice que en un mundo donde en cinco años hubo una pandemia, una guerra en Ucrania y otra en Medio Oriente, la parte difícil no es tomar una decisión audaz. Es sostenerla cuando llegan las críticas de corto plazo y uno sigue creyendo que era lo correcto a largo plazo.

Por eso cambió la formación interna de líderes en Equinor. Ahora mete dilemas corporativos y situaciones complejas desde las primeras etapas de la carrera, cuando la mayoría todavía trabaja dentro de una función y las respuestas suelen ser evidentes.

Su razonamiento es que ahí se ve quién funciona con la incertidumbre y quién necesita que le enmarquen todo para poder decidir.

Lo mismo aplica a la sucesión. Sostiene que planificar quién viene después no puede hacerse copiando al CEO actual, porque el mundo en el que va a gobernar ese sucesor no va a ser este.

Hay algo que se repite en toda su explicación del negocio y que probablemente venga de antes.

Cuando cuenta cómo Equinor desafió veinte años de proyecciones de declinación, la respuesta técnica es siempre la misma: sísmica nueva. Mandar ondas al subsuelo y leer lo que vuelve.

El hombre que dirige la mayor petrolera noruega estudió acústica y procesamiento de señales. Pensó que iba a pasar su vida trabajando con ultrasonido, escuchando el interior de los cuerpos.

Terminó escuchando el interior de la tierra.

Nunca cambió de oficio.

Cambió lo que buscaba en el eco.

Ramón Laguarta

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