Ryan Lance

Ryan Lance sostiene que el crecimiento del shale estadounidense dependerá del precio del petróleo, la tecnología y la infraestructura disponible.
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El ingeniero que se pagó la carrera en un pozo de Wyoming y hoy dirige la mayor petrolera independiente del mundo.

Ryan Lance no llegó al petróleo desde una oficina.

Nació en Arkansas en 1962, aunque creció en Great Falls, Montana, adonde la familia se mudó por el trabajo de su padre en la Fuerza Aérea. Sus padres, ambos graduados de Montana State, daban por hecho que estudiaría ingeniería en Bozeman por su facilidad para las matemáticas. Pero una visita al campus de Butte cambió el rumbo. Años después recordó que aquella escuela tenía una reputación sencilla y poderosa: quien se graduaba, conseguía trabajo.

Se anotó en Ingeniería en Petróleo en Montana Tech y costeó parte de sus estudios trabajando cada verano en equipos de perforación en Wyoming. Empezó desde abajo, aprendió el oficio en el terreno y se graduó en 1984.

Una carrera que empezó en Alaska

El mismo año se incorporó a ARCO Alaska. Pero 1989 fue trasladado a Bakersfield, California, para trabajar en las operaciones de la compañía. Más tarde pasó a Phillips Petroleum y, después de la fusión, continuó su carrera en ConocoPhillips.

Su carrera se construyó paso a paso. Antes de llegar a la conducción, estuvo al frente de la estrategia de downstream, tecnología y grandes proyectos. Condujo exploración y producción en Europa, Asia, África y Medio Oriente, y después pasó a manejar el conjunto de las operaciones internacionales. Su llegada a la cima fue el resultado de haber recorrido casi toda la compañía.

En mayo de 2012 asumió como presidente y CEO.

La escala actual

Hoy conduce la mayor petrolera independiente del mundo por reservas y producción, con actividad en decenas de países. En Alaska, donde ocupa el primer lugar entre los productores, su proyecto emblemático apunta a extraer el primer crudo en 2029.

Bajo su conducción, ConocoPhillips buscó reemplazar activos de alto costo por recursos capaces de producir con precios más bajos. Esa política explicó las compras de Concho Resources, los activos no convencionales de Shell y la parte restante de Surmont. La operación más ambiciosa fue Marathon Oil, que sumó más de 2.000 millones de barriles con un costo de oferta por debajo de los 30 dólares.

Sin precio no hay inversión

La pregunta fue muy directa: ¿cuándo llegará al techo la producción de shale en Estados Unidos? Ryan prefirió no atar su respuesta a un número ni a una fecha.

—El precio es lo que quiero saber.

Con esa frase, la conversación tomó otro camino. Quedando clara la idea. Para el CEO de ConocoPhillips, no hay proyección posible sobre el shale sin mirar antes el precio del crudo.

La conversación, sin embargo, había empezado por otro lado. Más tarde, el foco se trasladó al “drill, baby, drill”, el lema que volvió al centro de la discusión energética estadounidense. Su planteo fue más amplio: producir más no depende solo de sumar equipos en el campo. También requiere avances en permisos, infraestructura eléctrica, gasoductos y exportaciones de GNL. A su entender, el crecimiento solo puede sostenerse si esas condiciones acompañan.

El siguiente punto fueron los costos. Y la pregunta es: ¿el impacto de los aranceles había modificado el umbral de rentabilidad del shale? Ryan reconoció que hubo ajustes, aunque no los consideró suficientes como para modificar los planes de inversión de la compañía. Aprovechó la respuesta para describir cómo ve el mercado. La producción puede seguir aumentando con precios de entre 65 y 75 dólares por barril, explicó. Cuando el precio cae de ese nivel, la producción comienza a crecer con menos fuerza. Y cerca de los 50, el escenario cambia por completo.

Fue entonces cuando lanzó una nueva advertencia. Según su visión, la producción de shale en Estados Unidos podría estabilizarse hacia el final de esta década si no aparece una nueva mejora tecnológica que vuelva a impulsar la productividad.

Aun así, dejó una frase que resume su confianza en la industria.

—No den por hecho que vamos a fallar.

Su planteo apuntó a la capacidad de adaptación del shale estadounidense frente a cada nuevo límite.

El gas natural licuado entró en la conversación sobre el cierre. Lance proyectó una demanda en expansión y rechazó la idea de una sobreoferta sostenida. Para él, el consumo mundial de energía todavía tiene espacio para crecer, especialmente en regiones con acceso limitado a la electricidad.

La conversación terminó donde había empezado. Para Lance, Estados Unidos todavía puede llevar su producción por encima de los 14 millones de barriles diarios. Pero aclaró que esa proyección solo se sostiene si el precio del petróleo acompaña durante varios años. No importa la cotización de un día, ni la de tres meses. Importa la que resista.

Y ayuda a dimencionar las proyecciones de otros mercados. El planteo abre una pregunta inevitable: si el shale más competitivo del mundo proyecta un crecimiento moderado y un límite hacia fines de la década, ¿qué margen tienen los desarrollos que recién comienzan?. Vaca Muerta busca dar el salto exportador, pero el escenario internacional advierte que incluso los líderes del mercado enfrentan un crecimiento acotado. La clave está en reducir el costo de financiar los proyectos y encontrar incentivos fiscales que permitan competir en mejores condiciones.

El planteo de Ryan Lance sugiere que ninguna de esas herramientas mueve la restricción de fondo. La principal restricción es el valor internacional, definido por el mercado.

Horacio Turri

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