Empezó desarmando relojes, siguió entrando a sistemas ajenos y terminó desarmando el precio de un satélite: llevó un aparato de 400 millones de dólares a 500.000. Quince años después, la compañía que fundó para mirar cosechas y bosques factura 90% de defensa y es una de las acciones que más subió en Wall Street este año.
El precio de un satélite
La pregunta que da origen a Satellogic es de una simplicidad casi ofensiva. A fines de la década pasada, un satélite de observación terrestre de alta resolución costaba entre 300 y 400 millones de dólares, y Emiliano Kargieman se puso a mirar de qué estaba hecho. «Tiene fibra de carbono, un poquito de electrónica, un par de espejos», enumera. «¿Cómo puede costar 400 millones de dólares? Si yo te doy una camioneta y te digo: tomá, llénala de tecnología, ¿cómo hacés para que cueste 400 millones? Es imposible.»
Su conclusión fue que buena parte de ese precio no venía de la física sino de las metodologías de ingeniería y del tipo de contratos con que se compraba tecnología espacial. La computación y el espacio nacieron los dos como tecnología de posguerra, dice, pero solo uno tuvo su etapa de democratización. Los satélites que fabrica su empresa cuestan 500.000 dólares y hacen lo mismo.
El reflejo viene de lejos. Kargieman se define como «el mismo chico que desarmaba relojes a los seis años y después trataba de armarlos de nuevo y nunca le salía». Producto de la escuela pública, a los nueve recibió una computadora y aprendió a programar en Assembler porque era malísimo jugando: perdía demasiado rápido. A los doce se compró un módem y pasó la adolescencia de noche, entrando a sistemas ajenos, y de tarde iba un rato al colegio. A los 15 montó su primera empresa de software y contrató a compañeros del secundario. A los 19 fundó Core Security Technologies, que hacía por encargo lo mismo que él hacía por diversión: romper sistemas para mostrar dónde estaban las fallas. «Core fue mi MBA», resume. Se fue a los 30, cuando aquellos cuatro o cinco amigos de un café de Belgrano ya eran una compañía de más de 400 empleados.
Después vino lo que él llama el error: en 2007 armó con Jonatan Altszul el fondo Aconcagua Ventures, para financiar a otros. Duró tres o cuatro años y lo describe sin eufemismos: frustrante, en una época de ad networks y profiling publicitario, «problemas muy secundarios» para él. Del desencanto salió una lista propia de lo que sí valía la pena, en la intersección entre energía, alimentos y agua. «Una cosa fue llevando la otra y terminé haciendo satélites así como si nada.» Fundó Satellogic en 2010 con Gerardo Richarte. «La inconsciencia es el mejor aliado de los emprendedores», dice ahora. «No saber qué tan difícil es lo que vas a hacer es una de las mejores herramientas.»
El desvío que el mercado premió
Hoy tiene 21 satélites en órbita y la constelación de alta resolución más grande del mundo. El objetivo declarado —remapear la superficie completa del planeta todos los días— ya tiene fecha: la constelación Merlin, ocho satélites con procesamiento a bordo, empieza a lanzarse en octubre y debería estar operativa a principios de 2027. Para explicar para qué sirve usa la imagen de una conversación: alimentar un modelo de lenguaje con una vista actualizada del planeta y preguntarle dónde están los buques petroleros del Golfo de Ormuz o cuántos árboles se talaron ayer en el Amazonas. «Hacerle preguntas al planeta.»
Nada de eso salió según el plan. En 2020 necesitaba capital, el mercado privado estaba cerrado y entró a Nasdaq por la ventana de los SPAC, casi sobre el final de esa ola. «No es que era un sueño de mi vida ser una compañía pública», aclara. Lo que siguió fueron tres años duros: el mercado se derrumbó y un cambio en las reglas de compra del gobierno estadounidense retrasó el plan de negocios entre 18 y 24 meses. La empresa pasó de 470 empleados a 150 y volvió a crecer, todo a la vista del público.
El otro desvío fue de fondo. Satellogic nació con la decisión explícita de no hacer defensa. Kargieman fecha el cambio entre 2017 y 2018, cuando el mundo pasó de unipolar a «un conflicto de todos contra todos», y su argumento es que esconderse habría sido peor: «No podemos escondernos detrás de la idea de que nosotros hacemos tecnología y después hagan lo que quieran.» Hoy cerca del 90% de sus clientes son de defensa e inteligencia.
La ironía es que ese giro que no buscaba es exactamente lo que el mercado premió. En 2026 la acción de Satellogic subió más de 400% y superó los 1.300 millones de dólares de valor de mercado, empujada por la demanda soberana de inteligencia geoespacial; los ingresos de ese segmento crecieron 80% interanual en el primer trimestre. La compañía argentina fabrica desde Uruguay y su fundador vive en Barcelona.
Cuando le piden un caso concreto, sin embargo, no elige un contrato. Elige la retirada de Estados Unidos de Afganistán, cuando los satélites del mundo estaban ocupados y las organizaciones que evacuaban refugiados se habían quedado sin información. Satellogic ayudó a encontrar dónde aterrizar helicópteros y qué zonas estaban fuera del control talibán. «Hay 100 familias dando vueltas en el mundo hoy que están vivas porque pudimos darles esa información en el momento correcto.»
La apuesta patagónica
Su otro proyecto es Sur Energy, la sociedad detrás de Stargate Argentina: el data center de hasta 25.000 millones de dólares y 500 MW en la Patagonia, con OpenAI como comprador del cómputo —no como inversor— bajo el RIGI. Nació de años de conversaciones con Matías Travizano, su mejor amigo, muerto en un accidente de montaña en septiembre, sobre a qué se parece la infraestructura del siglo XXI si en el pasado eran trenes, puertos y puentes.
Kargieman está buscando un CEO para Sur porque su foco sigue en Satellogic, y admite cuál es el riesgo real del negocio: sobreinvertir temprano, como las telefónicas cuando tiraron fibra por todos lados y no vieron los retornos en el plazo que esperaban. Lo que se pide, en cambio, es algo más difícil de conseguir en la Argentina que el capital. «Ojalá no se tome, porque esto empieza durante el gobierno de Milei, como un proyecto libertario. Los proyectos a largo plazo requieren una alineación de todos.»