Grita en público durante 90 minutos, humilla a sus ingenieros delante de miles de personas y, según su biógrafo, no despide a nadie. La misma lógica rige su manera de manejar la inteligencia artificial dentro de Nvidia: mil proyectos abiertos y ni una sola poda.
La escena se la contaron a Stephen Witt mientras escribía la biografía de Jensen Huang. Un microchip salió de fábrica con una falla. Huang convocó una reunión general en la cafetería de Nvidia, con miles de empleados presentes, hizo poner de pie al ingeniero jefe responsable y le gritó durante una hora y media. No fue un caso aislado: al propio Witt le tocó recibir veinte minutos de gritos.
“Estoy intentando torturarlos para llevarlos a la excelencia”, se defiende Huang.
Lo llamativo viene después. Puede degradar a alguien, quitarle responsabilidades y hacerlo varias veces con la misma persona. Pero no lo echa. En Nvidia, según su biógrafo, Huang no despide a nadie.
Huang tiene 63 años. Fundó Nvidia en 1993, en un restaurante barato de Silicon Valley, junto con Chris Malachowsky y Curtis Priem. La llevó a cotizar en bolsa en 1999 y conserva alrededor del 3% de las acciones. Con esa participación construyó una fortuna superior a los 200.000 millones de dólares y se ubicó entre las siete personas más ricas del mundo.
Nvidia vale más de cinco billones de dólares y es la compañía más valiosa que haya existido. Huang es ingeniero eléctrico, se formó en una universidad pública, obtuvo una maestría en Stanford y es el único de los grandes nombres de la inteligencia artificial que proviene del mundo del hardware.
Mil flores sin podar
Cuando le preguntan por dónde debería empezar una empresa que quiere adoptar inteligencia artificial, Huang descarta el punto de partida más obvio. No empiecen por el retorno de la inversión, dice. No porque no importe, sino porque al principio resulta imposible calcularlo: nadie puede introducir en una hoja de cálculo el rendimiento de una herramienta que todavía está aprendiendo a utilizar.
Su método es otro.
“Dejen que florezcan mil flores”.
En Nvidia, admite, la cantidad de proyectos de inteligencia artificial está fuera de control, y lo dice como un elogio. Utilizan de todo, desde Claude y Codex hasta Gemini. Cuando alguien de su equipo le pide probar una herramienta nueva, su primera respuesta es afirmativa; recién después pregunta para qué sirve.
La comparación que utiliza es doméstica: a los hijos no se les exige que demuestren de antemano que algo funcionará antes de permitirles intentarlo. En el trabajo, en cambio, se hace todo el tiempo, como si alguien tuviera una bola de cristal.
Sabe que en algún momento habrá que ordenar el jardín, porque mil flores creciendo a la vez también producen caos. Pero advierte contra la tentación de hacerlo demasiado pronto: si una empresa apuesta todos sus recursos a una sola flecha antes de tiempo y elige la equivocada, pierde.
“Yo todavía no empecé a podar”.
La contracara de esa tolerancia es una claridad brutal sobre el centro del negocio. Huang sabe exactamente cuál es el trabajo que sostiene a su empresa —el diseño de chips y la ingeniería de software y de sistemas— y concentra allí el talento.
Por eso se asoció con Synopsys, Cadence, Siemens y Dassault, proveedores de las herramientas con las que Nvidia diseña sus propios chips. Quiere incorporar la tecnología de Nvidia dentro de esas plataformas y está dispuesto a ofrecerles lo que necesiten para lograrlo.
“Me voy a asegurar de que tengan el 1.000% de lo que pidan”.
Una cinta grabada encima
Nada de esto se entiende sin Kentucky. La familia Huang era taiwanesa y de clase media. Su padre era ingeniero eléctrico y su madre, maestra. Todos los días, ella le hacía aprender diez palabras en inglés elegidas al azar.
A fines de la década de 1960, la familia se mudó a Bangkok por motivos laborales. En 1973, en medio de una revuelta contra el gobierno militar tailandés, sus padres decidieron poner a salvo a sus hijos y los enviaron a Estados Unidos, donde vivían unos tíos que también acababan de emigrar. Vendieron casi todo lo que tenían para pagar el viaje y los estudios.
Los inscribieron en lo que creían que era una institución educativa prestigiosa, el Oneida Baptist Institute. En los hechos, era una especie de reformatorio. Jensen tenía diez años, llevaba el pelo largo y hablaba con un acento taiwanés muy marcado.
A su hermano lo mandaron a recoger tabaco. A él le asignaron la limpieza diaria de los baños. Su compañero de habitación era un joven de 17 años, analfabeto, con el cuerpo cubierto de tatuajes y cicatrices. Huang le enseñó a leer y escribir; el otro le enseñó a hacer flexiones.
Sin embargo, lo único que dice que todavía le rompe el corazón de aquella época es otra cosa. La familia no tenía dinero para pagar llamadas internacionales, por lo que sus padres les enviaron un grabador y una cinta.
Una vez por mes, los hermanos se sentaban a contar qué estaban haciendo. Después enviaban la cinta por correo. Sus padres la escuchaban, grababan encima sus propios mensajes y la devolvían. Repitieron ese intercambio durante dos años. No quedó nada de aquellas grabaciones.
Huang recuerda haberles contado que se había anotado en el equipo de natación porque, después de las competencias, los llevaban a cenar a un buen restaurante. Era un lugar completamente iluminado que, para él, parecía el futuro. Era un McDonald’s.
Casi todos los años envía un video para felicitar a los egresados de aquella institución.
“Mis preguntas son lo más valioso que tengo”
Entre las grandes figuras del sector, Huang es prácticamente el único que nunca compartió el temor generalizado frente a la inteligencia artificial. Considera que hablar de peligros existenciales significa frenar el progreso mediante amenazas hipotéticas. Witt, que lo entrevistó durante meses, cree que Huang es sincero y que está equivocado.
Donde sí muestra desconfianza es en otro terreno, y ahí aparece una de sus ideas más interesantes. Nvidia construyó su propio sistema de inteligencia artificial dentro de sus instalaciones, en lugar de utilizar servicios en la nube.
El motivo no es técnico.
“Mi propiedad intelectual más valiosa no son mis respuestas, sino mis preguntas”, explica.
Las respuestas se convirtieron en una mercancía. Las preguntas, en cambio, revelan en qué está pensando una persona, qué problemas intenta resolver y qué considera importante. Huang quiere que esas preguntas permanezcan dentro de una sala pequeña, a puerta cerrada.